Despedidas

DESPEDIDAS…

 

Cuando llegué a este país, hace dos años ya, jamás se me pasó por la cabeza que, en el momento de decirle “adiós” sintiera toda esta vorágine de emociones. Parecía que iba a resultar fácil, si tuviera sólo en cuenta el mal tiempo que hace durante casi todo el año, el idioma tan endemoniadamente complejo, la cultura tan opuesta a la nuestra y el hecho de que en toda Bélgica no haya una sola montaña como Dios manda. Pero, a dos semanas de irnos de Leuven para siempre y decir adiós a esta vida, siento que se quedará aquí un buen “cacho” de mi, irremediablemente. Esta ciudad ha tenido mucho que ver con este sentimiento de pérdida y futura nostalgia, porque no ha habido más que buenos momentos en ella, he conocido gente maravillosa, muy variopinta, cada uno de un país diferente, y he aprendido mucho de todos ellos. Leuven nunca ha dejado de sorprenderme, a pesar de ser una ciudad chiquitita. Y una de las cosas que más voy a echar de menos de Bélgica son sus praderas de un verde rabioso, con algunas ovejas o vacas marrones pasteando y las casitas tan cuidadas con sus jardines, al fondo.

Eh! que no es que me queje precisamente del nuevo destino… porque Italia lleva dentro de mi corazón desde que estudié el Renacimiento, en el Instituto. Saber que voy a vivir a 30 minutos en tren de Venecia me deja, simplemente, “atontá perdía”. Creo que todavía no lo he asimilado. Ha sido mi sueño desde hace tantísimos años…

Pero costará dejar atrás a la gente con la que has creado unos lazos tan bonitos, en tan poco tiempo. Del mismo modo que se quedará un pedazo de mi aquí, yo también me llevaré un pedazo de Leuven conmigo, a Padua.

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